Una Oportunidad en la Poesía

Etimológicamente, la palabra oportunidad proviene del latín “opportunitas”, que deriva a su vez de los términos “op” (“antes”) y “portus” (“puerto”). Para un navegante, que circula por el mar sin poder detenerse, una oportunidad significa la posibilidad de llegar a tierra firme, un alto en el camino: un descanso, una parada, una detención. La verdadera […]

Espejismos

Espejismos.

Confusión.

La marea te arrastró y te llevó hacia otra orilla.

Abres los ojos y no conoces, pero todo es conocido.

Podría ser cualquier lugar, y al mismo tiempo es ninguno.

 

La lírica rompe la prosa

(en cada punto y a parte).

Cada sensación es un desengaño

de un mundo de ideas fijas y estables

que alguna vez quisiste tener.

 

Sabes cosas que nadie sabe,

pero guardas los secretos,

porque sabes que en el fondo

nadie quiere saber.

 

Prometiste no ser egoísta,

pero no quieres dejarte caer

en esa marea asfixiante que todo engulle

(¿cómo ayudar siendo nadie?).

 

Aún buscas un lugar en el que descansar,

sentirte tranquilo,

y encontrar las horas para contarte a ti mismo

viajes que nunca has realizado.

 

Pero escuchas espejismos,

todo parece inestable,

y después de haber dormido abrazado a certezas,

sientes más que nunca

fragilidad.

 

La soledad y la muerte son viejas amigas,

preguntan “¿qué tal?”

después de un largo viaje,

con la sana curiosidad de ver hasta qué punto ha progresado su pupilo.

 

La vida es un regalo.

Cada respiración que arrancamos nunca sabremos de dónde ha venido.

 

Cada sueño es prestado,

sombra de los que han sido soñados desde siempre

en corazones que no sabían si soñaban.

 

Cada negación acarrea una afirmación implícita,

pero una afirmación sólo se acarrea a sí misma.

 

La vida es positiva.

Un árbol, un bolígrafo, una luz.

Son. Son cosas.

Son entes dignos, valiosos de todo respeto y admiración.

Cada segundo es un regalo,

es inesperado.

Sólo la costumbre nos hace dejar de ver.

Cada limitación, cada vacío,

es sólo un espejismo que oculta lo que en verdad existe:

el deseo (¿hacia dónde?) que impulsa todo.

 

La vida contigo es un regalo dentro de un regalo.

Cada mañana una puerta se abre

hacia lugares que desconozco

y que podría conocer;

que quizás debería haber reconocido.

Un consuelo dentro de la (inevitable) inseguridad.

 

En un tiempo finito,

la luz de un amor infinito se cuela

por las rendijas de la persiana.

 

Soy feliz al abrir los ojos.

Soy feliz en la confusión.

Soy feliz enfocando y desenfocando la cámara,

perdiendo la sensación de realidad,

alejándome de todo para volverme a acercar;

como el pintor que se concentra en su trazo

y luego se distancia un par de metros del cuadro

y ve mejor lo que quiere pintar;

como el músico que se detiene en una nota,

en una sonoridad,

e intenta entender cómo el proceso formal

la ha coloreado;

como el iluso que busca un solo momento

en una vida no-lineal de infinitas bifurcaciones irreales.

 

Hay una luz en la oscuridad.

 

La muerte y la soledad son los cimientos del camino,

son el impulso,

la madre y el padre que nos observan dar nuestros primeros paseos,

tropezando,

y volviendo a tropezar.

Quienes nos recogen en sus brazos,

yerguen el cuerpecito,

lo estabilizan,

y luego dan un pequeño empujón.

Una sensación de vértigo acompaña al niño

que nunca,

bajo ningún caso,

mira atrás.

No le interesan los ojos de la madre vigilante,

que siempre observa aunque no sepamos

(aunque no queramos saber).

Y sigue andando y tropieza,

y los brazos vuelven a recogerlo,

pero quiere seguir caminando,

porque el mundo está lleno de colores y formas

y ruidos

y cosas que no entiende

y, qué demonios,

es un niño.

Aún no sabe nada

y (al menos) tiene derecho a soñar.

 

Y cuando la marea te arrastre y abras los ojos,

tienes derecho a recordar quién fuiste.

Tienes derecho a buscar un lugar tranquilo,

a buscar a alguien a quien cuidar

y recoger en tus brazos

cuando se caiga en la marea

y se encuentre

en ese lugar que ya no reconoce

pero parece recordar.

 

Son sólo espejismos,

confusión.

 

La realidad se encuentra debajo.

Transcurre lentamente, con el fluir de los días, de las horas.

No es cosa de un segundo una decisión.

No es cosa de un minuto un poema.

 

El insoportable peso de la existencia

gravita sobre cada deseo.

Quererte es uno de ellos.

La música es otro.

Las palabras son el refugio seguro

de los pensamientos indeseados,

exiliados, denostados, prohibidos.

Por eso ya no (te, me) escribo poemas.

 

Quisiera escribir sobre un mundo distinto,

sobre otras personas,

sobre otras leyes,

sobre otros sentimientos.

Pero sólo sé escribir lo que siento

(en verdad)

o lo que no quiero sentir.

 

No puedo inventar historias de hace 70 años.

Y, hasta cierto punto,

no me interesan las historias.

 

Me interesa más la luz que se cuela

por la rendija de la persiana,

o el abrir los ojos

del náufrago arrastrado por el agua.

 

Son las sensaciones,

ese punto único,

en el que converge todo el caos,

toda la fragilidad, el miedo, la incertidumbre

y la curiosidad.

 

Son los espejismos,

el crudo mundo en el que aún podemos encontrarnos

entre el tiempo, entre los años,

bajo la luz radiante

(en la oscuridad)

de poemas sin terminar.

¿?, 2014-2017

 

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“Composición X” (1939), por el pintor ruso-francés Wassily Kandinsky (1866-1944)

En el Jardín

En mi jardín nada puede sucederme,
es un lugar seguro, un espacio abstracto,
insustancial,
en el que sólo pasan cosas sin importancia.

(Un pájaro,
que va…).

En mi jardín me sonríes, y no me queda más remedio
que creer plenamente en esa sonrisa,
ingenua,
como si ya no hubiera miedos, temores.

(Una hoja,
que cae…).

En mi jardín el tiempo no pasa, se detiene,
las figuras amables descansan a mi alrededor,
me abrazas,
y siento que no puede haber nada que esperar.

(Un segundo,
se desvanece…).

11 de Octubre 2014

Regar la Flor

A veces, sólo puedes regar la flor.

Aunque desaparezca, así, de repente. Como cuando tienes algo que decir, y, ya se te ha olvidado.

O, peor aún, aunque tengas miedo de que desaparezca, y sueñes con tener que ir a buscarla, allí, entre un desierto de palabras sin significado, palabras que nunca querrías haber buscado.

A veces, sólo puedes regar la flor.

Aunque tengas miedo de que se ahogue entre tus aguas, de estrechar demasiado los lazos, fragilidad. Y quieres destensar tus pensamientos, y, de repente, permanecen laxos. Y recuerdas que has de regar la flor, y quieres llorar por sus raíces, negligentemente secas, olvidadas.

Y, por eso, debes regar la flor.

Y mientras riegas imaginas si será suficiente. Si las piedras atraparán su camino, si la fertilidad de la tierra diera apenas, ¿para qué? ¿Para una flor, un árbol, un arbusto? ¿Hasta dónde nos podrá llevar la imaginación?

Sólo puedes regar la flor, porque miras a tu alrededor, y un desierto de arena, tan enormemente grande, te devuelve la mirada, recordándote todas las palabras que habías querido decir, y que, de repente, habías olvidado.

Y sólo puedes regar la flor, porque, a veces, sin saber bien por qué, crece. Aunque sólo sea un poco. Y entonces tu mundo es un poco más grande. Y el corazón respira, arropado por los brazos que lo reciben, por el aire fresco que entra, por la mañana, en la calurosa habitación.

Sueñas con un bosque de poesía, y sólo escuchas el repicar de las campanas en mitad de la noche.

Y llueve.

Y, de repente, has olvidado escribir poesía.

1 de Agosto 2014

Futilidad

Si pudiéramos aprender
a darle menos importancia
a las palabras.

Si pudiéramos entender
que la gente no es como dice,
ni es como piensa.

Si pudiéramos darnos cuenta
de que las personas son complejas,
no son las de hoy, ni las de ayer,
no son las que creemos,
no son las que queremos,
no son las que vemos,
no son las que pensamos…

Hay tan pocas certezas
en lo que decimos,
y tanto,
que no sabemos.

El mayor defecto de la estupidez humana
es no poder verse a sí misma.
No tener ojos para contemplarse,
juzgar sin haberse juzgado.

La sabiduría
no es un conjunto de conocimientos,
es una actitud ante el conocimiento.

Sabio es el que se resigna ante lo que no sabe,
el cauto, el paciente, el humilde,
sabio es el que no tiene miedo a equivocarse,
el que rectifica, el que pregunta, el que duda,
sabio es el que no quiere “tener la razón”
porque que sólo sabe discurrir
y sabe que los orgullos son vanos,
y sabe que el tiempo pasa,
y que las cosas cambian,
y lo evidente que se vuelve confuso
y lo confuso que se vuelve evidente,
y las dudas en el corazón, que no cambian.

El sabio sabe que pocas cosas
hay de ciertas en las palabras,
y que el resto es fútil,
mera tontería,
un soplo de emoción
que se evapora con el segundo
que acabamos de perder.

Si pudiéramos aprender
a dar menos importancia
a lo que somos,
seríamos más libres para ser
lo que queremos ser.

14 de Julio 2014

Las Puertas de las Cosas

                 A veces, pensar es más dificultoso. Las puertas de las cosas no se abren fácilmente, sino que son pesadas y tediosas. Y cuando uno termina, tras un fatigoso esfuerzo, de abrir una, pronto la otra ya ha sido cerrada por su tremendo propio peso. Y, entonces, queremos volver la vista atrás, y hemos de volver a empujarla, perdiendo en esos viajes un valioso tiempo y unas valiosas energías. Y llega el final del día y, ¿qué podremos haber pensado? Ya ni  siquiera pretendes recordar, no quieres ni oír hablar de gigantescas y fastidiosas puertas. Quizás ese día has descubierto una sola cosa, muy importante… Quizás. Pero el cansancio nubla tu mente y otros ríos alteran la corriente de tus pensamientos.

                  El verdadero conocimiento surte de las conexiones que vierten las cosas. La información en sí es un terreno yerto, vacío, objetivo, y sólo su reagrupamiento y ordenamiento producen un producto de utilidad para el subjetivo ser humano. El conocimiento es, pues, este grupo de puertas que permiten nuestro libre tránsito por entre las cosas, su interconexión, y facilitan una visión de conjunto: el encontrar la unicidad entre la variedad, o la variedad entre lo que creemos único, por qué todo se repite o por qué nada se repetirá, por qué los bosques están hechos de árboles y por qué los árboles no son pequeños bosques…

                  El conocimiento es relativo, porque parte de relaciones. El conocimiento es plural, porque parte de la diversidad. El conocimiento es activo, porque parte del movimiento. El conocimiento son puertas que debemos abrir y a través de las cuales debemos viajar, es un mapa que recoge cuántos lugares hemos recorrido con nuestros pies cansados.

                  A veces, pensar es más dificultoso. Quizás porque estamos demasiado arrullados por nuestra placidez, y no queremos caminar. O quizás porque no tenemos ningún lugar al que ir. No vemos puertas que descubrir ni lugares que recorrer. Nuestra imaginación se cansa de viajar y desde la pereza sólo soñamos con la rutina. Momentos en los que la memoria se convierte en un lago estancado.

                  Y de repente, nace un miedo. El miedo de quedar atrapado. El miedo de no poder salir. Claustrofobia. El miedo de que las puertas crezcan cada día un poco más y las fuerzas mengüen al mismo tiempo. El miedo de hacernos mayores y no saber reconocer el camino de vuelta. Cerrar nuestras propias puertas y tan sólo esperar la muerte. El miedo a dejar de conocer libremente. El miedo a no poder cambiar, a cometer siempre los mismos errores. Hasta mirarnos en el espejo y no poder reconocerlos, porque forman parte del ojo que ve, la mirada que pregunta, el aire que inhalamos…

******

                  Y en medio de ese miedo aún poder volver la vista atrás. Y conservar la pureza del niño que aún tiene todas las puertas ante sí. La de aquel que aún guarda la libertad de elegir.

                   A pesar del tiempo que transcurre, hemos de conservar la capacidad de renunciar a todo cuanto hemos conocido: los dogmas, los fanatismos, las verdades a las que nos hemos aferrado y que creíamos que formaban parte de nosotros… Tan sólo y únicamente, para poder seguir conociendo.

29 de Junio 2014

Cómo se supone…

Había silencios mientras hablábamos
y entre ellos podía palpar sutilmente
la alegría y la tristeza que compartimos.

La tristeza del cansancio de la soledad,
de las cosas que no sabíamos decirnos,
y la simple alegría de poder estar juntos.

Y tan sólo me mirabas durante un rato,
fijamente,
para sonreír largamente y sólo decir:
“Sí”.

Y yo me ofuscaba, y rebuscaba en mi memoria
una explicación, un recuerdo lejano que pudiera
aclararme cómo se supone que me debería sentir,

cómo se supone que se sienten los niños tristes
incapaces de dar abrazos, amantes de una verdad
soñada que se desliza entre las mentiras del mundo,
cuando esas mentiras pronuncian tu nombre y se acercan
a ti,
ser que sonríeverdad que asiente.

27 de Mayo 2014

De Luz y Oscuridad

“No pienses en ella cuando no está, susurraba la voz de mis razonamientos.

La vida es extraña. Cuando todo parece irremediablemente complicado se vuelve sencillo, y cuando pensamos que podemos entenderlo, se escapa de nuestra comprensión.

Pero quizás lo extraño no sea la vida, sino las propias personas, que no paran de juzgar el mundo.

Quise buscar la luz entre las sombras de mi cuarto, y sólo hallé una oscuridad que escondía tras de sí la promesa de un mañana distinto. Era la ausencia de ti que me hablaba, todas las noches, contándome historias de otros lugares y otras gentes. Yo podía verlos a través de su ausencia, como quien mágicamente observa a través de una bola de cristal. Y lo que era una mentira en el mundo se convirtió en una verdad para el corazón: y así se hizo la luz entre la oscuridad.

Y gente a mi alrededor creía haber encontrado la luz, pero en realidad se habían detenido en su camino, y las sombras que pretendían evitar inundaban sus pensamientos. Y cuanto más quietos permanecían observando la luz, más oscuridad anidaba en su corazón, y menos podían pensar en las propias lagunas de sus sentimientos. Porque la pequeña luz ante la que se situaban nublaba su campo de visión, y otras luces, más lejanas, más imposibles, más peligrosas, más grandes, quizás; a ellas ya no podían llegar, ni tampoco pretendían hacerlo. Y así fue cómo la oscuridad se hizo entre la luz.

Y yo no podía decir quién estaba más equivocado. Porque todos parecían estarlo. Porque no hay luces ni sombras, sólo el deseo de las personas les da forma, un sentido, una dirección, un punto de vista. En la vida, por definición, no hay luz sin sombra, ni ausencia sin presencia, de tal modo que ambas cosas se necesitan la una a la otra, y conviven armoniosamente, jugando entre sí como un par de perros entre la hierba.

En mi cuarto oscuro, una tibia luz se filtra por la persiana. La voz en mí dice: “Mírala. Allí está”.

Y yo, que me había enamorado de la ausencia de mí mismo, hasta el punto de olvidar quién era, me sorprendí diciéndome: “Mírala. Allí está”. Y en esa luz, en ese halo misterioso rodeado de sombras y claroscuros, ya no quise buscar luces ni oscuridades. Tan sólo podía observar lo que aquella cosa era, sin querer buscar un consuelo inútil, una meta inexistente, una persona transfigurada por los propios sentimientos. Tan sólo quería aprender, escuchar, aceptar. Y aquello era la pureza. Una pureza basada en el conocimiento, en la desesperanza, en la serenidad.

Y pensé: “No pienses en ella en su ausencia. Porque no te va a contestar, sólo escucharás voces de tu débil memoria. Sólo habla quien tiene oídos para escuchar. Quien está cerca y puede decir: “Mírala, allí está. En un mundo en el que no debería haber nada hay una tibia luz que genera un mundo en el que las persona quieren perderse”.

¿Y si sólo pudiéramos hablar de lo que podemos tocar con nuestras manos?

Y así la voz ahuyentó los fantasmas en mi corazón.

23 de Mayo 2014