Una Oportunidad en la Poesía

Etimológicamente, la palabra oportunidad proviene del latín “opportunitas”, que deriva a su vez de los términos “op” (“antes”) y “portus” (“puerto”). Para un navegante, que circula por el mar sin poder detenerse, una oportunidad significa la posibilidad de llegar a tierra firme, un alto en el camino: un descanso, una parada, una detención. La verdadera […]

En el Jardín

En mi jardín nada puede sucederme,
es un lugar seguro, un espacio abstracto,
insustancial,
en el que sólo pasan cosas sin importancia.

(Un pájaro,
que va…).

En mi jardín me sonríes, y no me queda más remedio
que creer plenamente en esa sonrisa,
ingenua,
como si ya no hubiera miedos, temores.

(Una hoja,
que cae…).

En mi jardín el tiempo no pasa, se detiene,
las figuras amables descansan a mi alrededor,
me abrazas,
y siento que no puede haber nada que esperar.

(Un segundo,
se desvanece…).

11 de Octubre 2014

Regar la Flor

A veces, sólo puedes regar la flor.

Aunque desaparezca, así, de repente. Como cuando tienes algo que decir, y, ya se te ha olvidado.

O, peor aún, aunque tengas miedo de que desaparezca, y sueñes con tener que ir a buscarla, allí, entre un desierto de palabras sin significado, palabras que nunca querrías haber buscado.

A veces, sólo puedes regar la flor.

Aunque tengas miedo de que se ahogue entre tus aguas, de estrechar demasiado los lazos, fragilidad. Y quieres destensar tus pensamientos, y, de repente, permanecen laxos. Y recuerdas que has de regar la flor, y quieres llorar por sus raíces, negligentemente secas, olvidadas.

Y, por eso, debes regar la flor.

Y mientras riegas imaginas si será suficiente. Si las piedras atraparán su camino, si la fertilidad de la tierra diera apenas, ¿para qué? ¿Para una flor, un árbol, un arbusto? ¿Hasta dónde nos podrá llevar la imaginación?

Sólo puedes regar la flor, porque miras a tu alrededor, y un desierto de arena, tan enormemente grande, te devuelve la mirada, recordándote todas las palabras que habías querido decir, y que, de repente, habías olvidado.

Y sólo puedes regar la flor, porque, a veces, sin saber bien por qué, crece. Aunque sólo sea un poco. Y entonces tu mundo es un poco más grande. Y el corazón respira, arropado por los brazos que lo reciben, por el aire fresco que entra, por la mañana, en la calurosa habitación.

Sueñas con un bosque de poesía, y sólo escuchas el repicar de las campanas en mitad de la noche.

Y llueve.

Y, de repente, has olvidado escribir poesía.

1 de Agosto 2014

Futilidad

Si pudiéramos aprender
a darle menos importancia
a las palabras.

Si pudiéramos entender
que la gente no es como dice,
ni es como piensa.

Si pudiéramos darnos cuenta
de que las personas son complejas,
no son las de hoy, ni las de ayer,
no son las que creemos,
no son las que queremos,
no son las que vemos,
no son las que pensamos…

Hay tan pocas certezas
en lo que decimos,
y tanto,
que no sabemos.

El mayor defecto de la estupidez humana
es no poder verse a sí misma.
No tener ojos para contemplarse,
juzgar sin haberse juzgado.

La sabiduría
no es un conjunto de conocimientos,
es una actitud ante el conocimiento.

Sabio es el que se resigna ante lo que no sabe,
el cauto, el paciente, el humilde,
sabio es el que no tiene miedo a equivocarse,
el que rectifica, el que pregunta, el que duda,
sabio es el que no quiere “tener la razón”
porque que sólo sabe discurrir
y sabe que los orgullos son vanos,
y sabe que el tiempo pasa,
y que las cosas cambian,
y lo evidente que se vuelve confuso
y lo confuso que se vuelve evidente,
y las dudas en el corazón, que no cambian.

El sabio sabe que pocas cosas
hay de ciertas en las palabras,
y que el resto es fútil,
mera tontería,
un soplo de emoción
que se evapora con el segundo
que acabamos de perder.

Si pudiéramos aprender
a dar menos importancia
a lo que somos,
seríamos más libres para ser
lo que queremos ser.

14 de Julio 2014

Las Puertas de las Cosas

                 A veces, pensar es más dificultoso. Las puertas de las cosas no se abren fácilmente, sino que son pesadas y tediosas. Y cuando uno termina, tras un fatigoso esfuerzo, de abrir una, pronto la otra ya ha sido cerrada por su tremendo propio peso. Y, entonces, queremos volver la vista atrás, y hemos de volver a empujarla, perdiendo en esos viajes un valioso tiempo y unas valiosas energías. Y llega el final del día y, ¿qué podremos haber pensado? Ya ni  siquiera pretendes recordar, no quieres ni oír hablar de gigantescas y fastidiosas puertas. Quizás ese día has descubierto una sola cosa, muy importante… Quizás. Pero el cansancio nubla tu mente y otros ríos alteran la corriente de tus pensamientos.

                  El verdadero conocimiento surte de las conexiones que vierten las cosas. La información en sí es un terreno yerto, vacío, objetivo, y sólo su reagrupamiento y ordenamiento producen un producto de utilidad para el subjetivo ser humano. El conocimiento es, pues, este grupo de puertas que permiten nuestro libre tránsito por entre las cosas, su interconexión, y facilitan una visión de conjunto: el encontrar la unicidad entre la variedad, o la variedad entre lo que creemos único, por qué todo se repite o por qué nada se repetirá, por qué los bosques están hechos de árboles y por qué los árboles no son pequeños bosques…

                  El conocimiento es relativo, porque parte de relaciones. El conocimiento es plural, porque parte de la diversidad. El conocimiento es activo, porque parte del movimiento. El conocimiento son puertas que debemos abrir y a través de las cuales debemos viajar, es un mapa que recoge cuántos lugares hemos recorrido con nuestros pies cansados.

                  A veces, pensar es más dificultoso. Quizás porque estamos demasiado arrullados por nuestra placidez, y no queremos caminar. O quizás porque no tenemos ningún lugar al que ir. No vemos puertas que descubrir ni lugares que recorrer. Nuestra imaginación se cansa de viajar y desde la pereza sólo soñamos con la rutina. Momentos en los que la memoria se convierte en un lago estancado.

                  Y de repente, nace un miedo. El miedo de quedar atrapado. El miedo de no poder salir. Claustrofobia. El miedo de que las puertas crezcan cada día un poco más y las fuerzas mengüen al mismo tiempo. El miedo de hacernos mayores y no saber reconocer el camino de vuelta. Cerrar nuestras propias puertas y tan sólo esperar la muerte. El miedo a dejar de conocer libremente. El miedo a no poder cambiar, a cometer siempre los mismos errores. Hasta mirarnos en el espejo y no poder reconocerlos, porque forman parte del ojo que ve, la mirada que pregunta, el aire que inhalamos…

******

                  Y en medio de ese miedo aún poder volver la vista atrás. Y conservar la pureza del niño que aún tiene todas las puertas ante sí. La de aquel que aún guarda la libertad de elegir.

                   A pesar del tiempo que transcurre, hemos de conservar la capacidad de renunciar a todo cuanto hemos conocido: los dogmas, los fanatismos, las verdades a las que nos hemos aferrado y que creíamos que formaban parte de nosotros… Tan sólo y únicamente, para poder seguir conociendo.

29 de Junio 2014

Cómo se supone…

Había silencios mientras hablábamos
y entre ellos podía palpar sutilmente
la alegría y la tristeza que compartimos.

La tristeza del cansancio de la soledad,
de las cosas que no sabíamos decirnos,
y la simple alegría de poder estar juntos.

Y tan sólo me mirabas durante un rato,
fijamente,
para sonreír largamente y sólo decir:
“Sí”.

Y yo me ofuscaba, y rebuscaba en mi memoria
una explicación, un recuerdo lejano que pudiera
aclararme cómo se supone que me debería sentir,

cómo se supone que se sienten los niños tristes
incapaces de dar abrazos, amantes de una verdad
soñada que se desliza entre las mentiras del mundo,
cuando esas mentiras pronuncian tu nombre y se acercan
a ti,
ser que sonríeverdad que asiente.

27 de Mayo 2014

De Luz y Oscuridad

“No pienses en ella cuando no está, susurraba la voz de mis razonamientos.

La vida es extraña. Cuando todo parece irremediablemente complicado se vuelve sencillo, y cuando pensamos que podemos entenderlo, se escapa de nuestra comprensión.

Pero quizás lo extraño no sea la vida, sino las propias personas, que no paran de juzgar el mundo.

Quise buscar la luz entre las sombras de mi cuarto, y sólo hallé una oscuridad que escondía tras de sí la promesa de un mañana distinto. Era la ausencia de ti que me hablaba, todas las noches, contándome historias de otros lugares y otras gentes. Yo podía verlos a través de su ausencia, como quien mágicamente observa a través de una bola de cristal. Y lo que era una mentira en el mundo se convirtió en una verdad para el corazón: y así se hizo la luz entre la oscuridad.

Y gente a mi alrededor creía haber encontrado la luz, pero en realidad se habían detenido en su camino, y las sombras que pretendían evitar inundaban sus pensamientos. Y cuanto más quietos permanecían observando la luz, más oscuridad anidaba en su corazón, y menos podían pensar en las propias lagunas de sus sentimientos. Porque la pequeña luz ante la que se situaban nublaba su campo de visión, y otras luces, más lejanas, más imposibles, más peligrosas, más grandes, quizás; a ellas ya no podían llegar, ni tampoco pretendían hacerlo. Y así fue cómo la oscuridad se hizo entre la luz.

Y yo no podía decir quién estaba más equivocado. Porque todos parecían estarlo. Porque no hay luces ni sombras, sólo el deseo de las personas les da forma, un sentido, una dirección, un punto de vista. En la vida, por definición, no hay luz sin sombra, ni ausencia sin presencia, de tal modo que ambas cosas se necesitan la una a la otra, y conviven armoniosamente, jugando entre sí como un par de perros entre la hierba.

En mi cuarto oscuro, una tibia luz se filtra por la persiana. La voz en mí dice: “Mírala. Allí está”.

Y yo, que me había enamorado de la ausencia de mí mismo, hasta el punto de olvidar quién era, me sorprendí diciéndome: “Mírala. Allí está”. Y en esa luz, en ese halo misterioso rodeado de sombras y claroscuros, ya no quise buscar luces ni oscuridades. Tan sólo podía observar lo que aquella cosa era, sin querer buscar un consuelo inútil, una meta inexistente, una persona transfigurada por los propios sentimientos. Tan sólo quería aprender, escuchar, aceptar. Y aquello era la pureza. Una pureza basada en el conocimiento, en la desesperanza, en la serenidad.

Y pensé: “No pienses en ella en su ausencia. Porque no te va a contestar, sólo escucharás voces de tu débil memoria. Sólo habla quien tiene oídos para escuchar. Quien está cerca y puede decir: “Mírala, allí está. En un mundo en el que no debería haber nada hay una tibia luz que genera un mundo en el que las persona quieren perderse”.

¿Y si sólo pudiéramos hablar de lo que podemos tocar con nuestras manos?

Y así la voz ahuyentó los fantasmas en mi corazón.

23 de Mayo 2014

 

Convalecencia

Entré temerosamente en la habitación. Noté que el aire estaba menos cargado que en los pasillos. Respiré tranquilo y observé la luz de la tarde que entraba fuertemente a través del ventanal, dando un aspecto cálido a la estancia. Instintivamente giré la cabeza hacia atrás, pero ya no encontré ningún rastro de la empleada que amablemente me había acompañado hasta la puerta.

estabas esperando allí, sentada. No hacías ningún gesto. Me sentía incómodo porque no sabía si era a mí a quién esperabas o siquiera si realmente estabas esperando, así que traté de no observar demasiado y avancé hasta el ventanal.

Afuera, observaba a la gente ir y venir entre la luz de la tarde, más difusa que en la habitación. Había un pequeño jardín que me inspiraba lejanamente una sensación de familiaridad. En él, un par de niños jugaban corriendo de un lado a otro sin ningún patrón reconocible. Me entristecí porque no escuchaba ninguna palabra. Quizás la enfermedad había paralizado también tu lengua y tus labios.

Me decidí a mirarte y la habitación se hizo más pequeña. En la mesa había un florero con un geranio roído por el tiempo. Tus piernas se estrechaban, y tus manos caían, como un peso muerto, sobre el reposabrazos. Agarré una silla y me senté más cerca.

Observé el suelo durante un tiempo. La baldosa era de tonos fríos azulados. Estaba limpia, resplandecía ligeramente aunque hacia los bordes se oscurecía, allá donde la fuerza de la gravedad había encaminado los restos de suciedad. En la pared colgaba un cuadro: una naturaleza muerta, de tonos oscuros y trazo cuidado.

Parecías joven, allí sentada, encogida. Una pequeña criatura que aguardaba, ¿qué? ¿Qué pueden aguardar las personas que no hablan? Empecé a mover nerviosamente los dedos de un lado hacia otro. Tu cara era lisa y las mejillas habían perdido su color habitual. Quise buscar en tus ojos y sólo encontré una sombra gris que cruzó rápidamente mis pensamientos. Como empujado hacia mi asiento por un golpe, dejé de mirar y cerré los ojos. Me dejé caer en el sillón y respiré profundamente.

(…)

Me quedé dormido y soñé con un jardín de mi infancia. Estaba subido en una bicicleta, y, pese a que el miedo inundaba mi cuerpo, comencé a pedalear con todas mis fuerzas. Milagrosamente, no me caí, y mientras avanzaba giraba la cabeza hacia los lados y podía verte a ti, mirándome y sonriendo. Quizás te alegrabas de mi logro, algo tardío, o quizás simplemente fueses feliz por otra cosa, pero lo cierto es que tu mirada brillaba sobre la luz de la tarde, mientras una ligera brisa fría susurraba en mis pequeños brazos descubiertos, anunciando la caída del sol en el horizonte.

Cuando abrí los ojos no sabía dónde me encontraba, pero reconocí la baldosa azulada. Sin girar mi cabeza, coloqué mi mano a tientas sobre tu mano alicaída. Y pude notar el calor de otro pulso a mi lado. La luz de la tarde había perdido su fuerza y comenzaban a distinguirse destellos naranjas. Afuera, una suave brisa fría debía acariciar lugares habituados a la calidez.

Observé un instante en mí y encontré, de manera casi fortuita, las promesas que me había hecho sin saberlo. Y supe que permanecería allí, sin que importara cuánto, con mi mano sobre tu mano. Había aprendido a crecer bajo una luz, y sin ella el mundo era un lugar gris, desenfocado. Las palabras estaban enfermas y debía darles de comer. Porque sin ellas no hay memoria, no hay recuerdo. El mundo parecía un lugar oscuro, construido de ausencias, de olvidos, de palabras sin contorno, dibujadas a medias, en trazos cortos sin un patrón claro. Pero yo podía pensar eso desde aquel cuarto, y eso era porque aún conservaba una antigua luz en mis pensamientos, la  que había guiado mis pasos hasta precisamente aquel lugar. Debemos amar lo que nos hace sentir no por lo que nos hace sentir sino porque nos hace sentir. Y me sentí afortunado de poder estar contigo, hasta el punto de que podría dedicar a ello toda mi vida (sin que importara qué, sin que importara cuánto).

Me giré y en tu rostro demacrado imaginé una sonrisa que no podía ver. Sabía que el tiempo pasaría, pero no podía intuir sus consecuencias.

17 de Mayo 2014

"Amarillo, rojo, azul" (1925), por el pintor ruso-francés Wassily Kandinsky (1866-1944)

“Amarillo, rojo, azul” (1925), por el pintor ruso-francés Wassily Kandinsky (1866-1944)